Si alguna vez te has sentido como un/a malabarista que nunca puede dejar caer una sola pelota, como si tu valor dependiera de hacerlo todo perfecto, déjame decirte algo: no estás solo/a. Y sobre todo, no es tu culpa.
La autoexigencia y el perfeccionismo no aparecen de la nada. Son mecanismos que, en algún momento, nos ayudaron a sentirnos seguros/as, queridos/as o valiosos/as. Pero con el tiempo, en lugar de protegernos, nos dejan agotados/as, insatisfechos/as y con la sensación de que nunca es suficiente.
Aquí no vamos a forzarte a «dejar de ser perfeccionista» de golpe (porque, seamos sinceros/as, eso también sería otra exigencia más).

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